Historia, enigmas y civilizaciones

Los amantes de Ana Bolena: amor, deseo y traición en la corte de Enrique VIII

Cuando Ana Bolena llegó a la corte, la primera esposa de Enrique, Catalina de Aragón era popular a pesar de no participar en política ni en la vida de la corte durante algún tiempo. Todos los hijos que tuvo con Enrique habían muerto jóvenes y el rey estaba pre…

Pocas mujeres de la historia inglesa han despertado tanta fascinación como Ana Bolena. Reina de Inglaterra, segunda esposa de Enrique VIII y madre de Isabel I, su ascenso transformó la monarquía Tudor y contribuyó a precipitar una ruptura religiosa cuyas consecuencias se prolongarían durante siglos. Sin embargo, detrás de la reina que desafió a una de las cortes más poderosas de Europa existe otra historia mucho más íntima y controvertida: la de los hombres que la cortejaron, los que posiblemente estuvieron enamorados de ella y aquellos a quienes se acusó de convertirse en sus amantes.

Hablar de los amantes de Ana Bolena obliga, no obstante, a distinguir cuidadosamente entre historia y propaganda. Henry Percy y Thomas Wyatt estuvieron vinculados sentimentalmente con ella antes de convertirse en reina; Enrique VIII mantuvo con Ana una relación apasionada y extraordinariamente bien documentada; mientras que Mark Smeaton, Henry Norris, Francis Weston, William Brereton y el propio hermano de Ana, George Boleyn, fueron acusados en 1536 de mantener relaciones sexuales con la reina.

El problema es que una acusación en la Inglaterra de Enrique VIII no equivalía necesariamente a un hecho demostrado. En una corte dominada por rivalidades familiares, ambiciones políticas, espionaje, religión y luchas por el favor real, el amor podía convertirse fácilmente en un arma. En el caso de Ana Bolena, terminó siendo un arma mortal.

Ana Bolena antes de convertirse en reina

Ana Bolena regresó a Inglaterra hacia 1522 después de haber pasado buena parte de su juventud en algunas de las cortes más refinadas de Europa. Había servido primero en los Países Bajos y después en Francia, donde adquirió una formación, unas maneras y un gusto por la moda continental que la diferenciaban de muchas jóvenes aristócratas inglesas.

Su aparición en la corte de Enrique VIII llamó pronto la atención. En marzo de 1522 participó en un célebre espectáculo cortesano celebrado en York Place, residencia del cardenal Thomas Wolsey, y desde entonces comenzó a destacar dentro del reducido universo que rodeaba a la familia real.

Ana no respondía necesariamente al ideal de belleza femenina que posteriormente construirían el cine y la literatura, pero los testimonios que han llegado hasta nosotros describen a una mujer de considerable magnetismo personal, elegante, inteligente, culta, ingeniosa y perfectamente consciente de las reglas que gobernaban una corte renacentista.

Precisamente aquellas cualidades hicieron que no le faltaran admiradores.

Mucho antes de que Enrique VIII decidiese convertirla en reina de Inglaterra, dos nombres aparecen insistentemente asociados a Ana Bolena: Henry Percy y Thomas Wyatt. Son, probablemente, los dos candidatos más razonables cuando se intenta averiguar quiénes fueron los primeros amores de Ana Bolena.

Henry Percy: el gran amor imposible de Ana Bolena

Henry Percy era hijo y heredero del poderoso conde de Northumberland. Cuando conoció a Ana Bolena era un joven aristócrata destinado a ocupar una posición extraordinariamente importante dentro de la nobleza inglesa y servía en la casa del cardenal Wolsey.

Entre Percy y Ana surgió una relación que parece haber ido bastante más allá de un simple encuentro cortesano. Las fuentes hablan de un compromiso o entendimiento matrimonial entre ambos, aunque establecer exactamente hasta dónde llegó aquella relación resulta complicado casi cinco siglos después.

En la sociedad Tudor, además, una promesa matrimonial podía tener consecuencias jurídicas y religiosas considerablemente más importantes de lo que hoy podríamos imaginar. Si Percy y Ana se habían comprometido formalmente, aquello podía constituir un obstáculo para posteriores matrimonios.

La relación terminó abruptamente.

El padre de Henry Percy se opuso a la unión y el cardenal Wolsey intervino para separar a los jóvenes. Percy terminó casándose con Mary Talbot, mientras que Ana fue temporalmente apartada de la corte.

Una de las versiones más populares de esta historia sostiene que el propio Enrique VIII ordenó indirectamente acabar con aquel romance porque ya deseaba a Ana. Es una posibilidad enormemente atractiva desde el punto de vista narrativo, pero no existe certeza suficiente para presentarla como un hecho demostrado. En aquellos años, además, la situación sentimental del rey todavía estaba relacionada con María Bolena, hermana de Ana y amante conocida de Enrique durante un periodo de la década de 1520.

Tampoco existe una prueba sólida de que Ana y Percy consumaran sexualmente su relación. La imagen de ambos como amantes clandestinos pertenece en buena medida a la reconstrucción romántica que posteriormente hicieron novelas, películas y series televisivas.

Lo que sí parece claro es que existió un vínculo importante entre ellos y que aquel posible matrimonio fue interrumpido.

Años después, el pasado regresaría de una manera casi macabra. Cuando Enrique VIII intentó acabar con su matrimonio con Ana, la antigua relación con Percy volvió a adquirir importancia porque podía emplearse para cuestionar la validez de la unión entre el rey y la reina.

El antiguo pretendiente de Ana se encontró así atrapado nuevamente dentro de una historia que había comenzado más de una década antes.

Thomas Wyatt: el poeta enamorado de Ana Bolena

El segundo gran nombre asociado sentimentalmente a Ana Bolena es Sir Thomas Wyatt, diplomático, cortesano y uno de los poetas más importantes del Renacimiento inglés.

Wyatt conoció a Ana dentro del sofisticado ambiente de la corte y parece haber sentido una poderosa fascinación por ella. Durante siglos, algunos de sus poemas se han interpretado como referencias veladas a aquella relación, especialmente el célebre «Whoso List to Hunt», en el que el poeta describe la persecución de una cierva imposible de poseer.

La interpretación tradicional identifica a la misteriosa presa con Ana Bolena y al propietario que reclama finalmente el animal con Enrique VIII.

Es una lectura irresistible: un hombre persigue a una mujer que finalmente queda fuera de su alcance porque pertenece al rey.

Sin embargo, debe manejarse con cautela. Los poemas de Wyatt no permiten demostrar que Ana fuera realmente su amante y los especialistas continúan considerando imposible determinar con seguridad hasta dónde llegó la relación entre ambos.

Probablemente existió cortejo, admiración y posiblemente sentimientos amorosos. Una relación sexual, en cambio, pertenece al terreno de las hipótesis.

El destino de Wyatt demuestra hasta qué punto resultaba peligroso encontrarse demasiado cerca de Ana Bolena. Cuando comenzó la purga de 1536 también fue encarcelado en la Torre de Londres, aunque no terminó formando parte del grupo de cinco hombres finalmente condenados y ejecutados junto a la reina.

Sobrevivió.

Muchos de quienes habían compartido aquel brillante mundo cortesano no tuvieron la misma fortuna.

Enrique VIII: de amante obsesionado a esposo

Si existe un hombre cuya pasión por Ana Bolena está fuera de toda duda es Enrique VIII.

Hacia 1526 el rey comenzó a cortejar abiertamente a Ana. Enrique estaba casado desde hacía muchos años con Catalina de Aragón y había mantenido otras relaciones extramatrimoniales, entre ellas la mantenida con María Bolena. Probablemente esperaba inicialmente que Ana aceptase convertirse también en amante real.

Ana se negó.

Aquella negativa cambió la historia de Inglaterra.

En lugar de aceptar el papel relativamente habitual de amante del monarca, Ana permaneció fuera del alcance del rey. Enrique respondió intensificando su cortejo y algunas de sus cartas amorosas han sobrevivido hasta nuestros días, dejando constancia de una relación que fue mucho más que una simple negociación política.

A la atracción personal se añadió el gran problema dinástico de Enrique VIII. Su matrimonio con Catalina de Aragón no había producido el heredero varón superviviente que el rey consideraba imprescindible para garantizar la continuidad de la dinastía Tudor. Su única hija superviviente, María, podía heredar el trono, pero Enrique temía las consecuencias políticas de una sucesión femenina.

Ana ofrecía al rey la posibilidad de comenzar de nuevo.

El problema era Catalina.

El amor que cambió Inglaterra

La decisión de Enrique VIII de conseguir la anulación de su matrimonio desencadenó uno de los mayores conflictos políticos y religiosos de la historia inglesa. Cuando Roma se negó a resolver el problema según los deseos del monarca, Enrique avanzó hacia la ruptura con la autoridad papal y terminó situándose al frente de la Iglesia de Inglaterra.

No sería correcto afirmar que toda la Reforma inglesa ocurrió simplemente porque Enrique VIII deseaba casarse con Ana Bolena, pero aquella relación fue uno de los grandes catalizadores del proceso.

Después de años de negociaciones, presiones diplomáticas y transformaciones políticas, Enrique y Ana contrajeron matrimonio en secreto a comienzos de 1533.

Ana estaba embarazada.

El 7 de septiembre de aquel mismo año nació una niña: Isabel.

La decepción inicial por no haber obtenido un varón difícilmente permitía prever que aquella niña terminaría convirtiéndose en Isabel I, una de las monarcas más importantes de la historia de Inglaterra.

Ana había conseguido aquello que pocos años antes parecía imposible. Había pasado de dama de la corte a reina, desplazado a Catalina de Aragón y contribuido indirectamente a alterar para siempre las relaciones entre Inglaterra y Roma.

Pero el mismo hombre que había desafiado a media Europa para conseguirla acabaría autorizando su ejecución apenas tres años después.

El matrimonio de Ana Bolena comienza a derrumbarse

El gran problema de Ana fue exactamente el mismo que había condenado políticamente a Catalina de Aragón: el esperado heredero varón no llegó.

Tras el nacimiento de Isabel, Ana sufrió embarazos fallidos y pérdidas gestacionales. Particularmente grave fue la de enero de 1536, porque las esperanzas de proporcionar finalmente un príncipe se desvanecieron una vez más.

Para entonces, la relación matrimonial estaba deteriorada y Enrique había comenzado a interesarse por Jane Seymour, una de las damas de la corte.

El paralelismo era cruel.

Ana había ocupado años antes una posición semejante mientras Catalina de Aragón seguía siendo reina. Ahora otra mujer esperaba mientras el rey perdía interés por Ana.

La situación de la reina era extraordinariamente peligrosa porque ya no se trataba solamente de afectos personales. Ana había acumulado enemigos, mantenía discrepancias políticas y económicas con Thomas Cromwell y continuaba siendo rechazada por importantes sectores del reino.

Enrique necesitaba una salida.

Cromwell encontró una.

Los cinco supuestos amantes de Ana Bolena

Durante la primavera de 1536 comenzó una investigación sobre la conducta sexual de la reina. Lo que siguió fue extraordinario incluso para los violentos estándares de la corte Tudor.

Ana Bolena fue acusada de haber cometido adulterio con cinco hombres: Mark Smeaton, Henry Norris, Francis Weston, William Brereton y George Boleyn.

Este último era su propio hermano.

Las acusaciones convirtieron una crisis matrimonial en un proceso por alta traición.

Mark Smeaton, el músico que confesó

Mark Smeaton era músico de la corte y socialmente se encontraba muy por debajo de los nobles que posteriormente serían acusados junto a él. Fue interrogado por los hombres de Cromwell y terminó confesando haber mantenido relaciones sexuales con la reina.

Su confesión se convirtió en una pieza fundamental de la acusación.

Las circunstancias en las que se obtuvo continúan siendo objeto de discusión. Algunas fuentes posteriores sostuvieron que Smeaton había sido torturado, mientras que otras no permiten demostrarlo. Lo prudente es afirmar que fue sometido a un interrogatorio enormemente coercitivo y que su confesión constituye prácticamente la única admisión directa de una relación sexual con Ana entre los hombres procesados.

Smeaton nunca retiró públicamente aquella confesión.

Su declaración contribuyó a condenar a los demás.

Henry Norris, uno de los hombres más próximos al rey

Sir Henry Norris no era un cortesano cualquiera. Pertenecía al círculo íntimo de Enrique VIII y disfrutaba de una posición de enorme confianza junto al monarca.

Ana había mantenido con Norris conversaciones que podían interpretarse según las convenciones del amor cortesano. En una corte renacentista eran habituales los juegos verbales, los dobles sentidos y las declaraciones galantes que no necesariamente implicaban una relación física.

El problema apareció cuando aquellas conversaciones comenzaron a ser interpretadas literalmente.

Norris negó las acusaciones y mantuvo su inocencia.

No sirvió de nada.

Francis Weston, juventud y peligro en la corte Tudor

Sir Francis Weston era otro joven miembro del entorno cortesano relacionado con Ana. También fue incorporado a la investigación y acusado de adulterio.

Como ocurría con Norris, las pruebas que han llegado hasta nosotros resultan extraordinariamente débiles si se analizan siguiendo criterios judiciales modernos. La cercanía a la reina, las conversaciones galantes y los rumores que circulaban por la corte podían convertirse rápidamente en indicios de una relación ilícita.

Weston negó ser amante de Ana.

Fue condenado igualmente.

William Brereton, un hombre atrapado en la conspiración

Sir William Brereton era miembro de la Cámara Privada y disponía de importantes intereses políticos y administrativos, especialmente relacionados con Gales y las Marcas.

Su inclusión entre los supuestos amantes de Ana Bolena ha provocado numerosas interpretaciones historiográficas porque, además del elemento sexual, su caída beneficiaba a determinados adversarios políticos.

No existe una prueba convincente que permita demostrar una relación amorosa entre Ana y Brereton.

Él también negó las acusaciones.

George Boleyn: la acusación más terrible

La acusación más devastadora fue la dirigida contra George Boleyn, vizconde de Rochford y hermano de Ana.

Cromwell y sus investigadores afirmaron que Ana había mantenido relaciones incestuosas con él.

La gravedad de la acusación resultaba perfecta para destruir definitivamente la reputación de la reina. Ya no se trataba de una mujer que supuestamente había traicionado al rey con varios cortesanos, sino de alguien capaz de quebrantar uno de los mayores tabúes morales y religiosos de la sociedad cristiana.

Las pruebas conservadas no permiten demostrar aquel incesto.

Ana y George mantenían una relación estrecha como hermanos y compartían intereses intelectuales, religiosos y políticos, pero convertir aquella proximidad en evidencia de una relación sexual exigía un salto extraordinario.

Sin embargo, el objetivo político estaba conseguido: Ana Bolena podía presentarse ante Inglaterra no solo como esposa infiel, sino como una figura moralmente monstruosa.

¿Tuvo realmente Ana Bolena tantos amantes?

Esta es la gran pregunta que continúa rodeando su historia.

No existe una respuesta absolutamente incontestable porque una parte importante de la documentación del proceso se ha perdido y porque los historiadores no coinciden en todos los detalles de la caída de la reina. Sin embargo, las pruebas conservadas ofrecen motivos muy serios para dudar del conjunto de las acusaciones.

Algunas fechas incluidas en los cargos resultan problemáticas y determinados encuentros habrían sido extremadamente difíciles de organizar teniendo en cuenta los movimientos conocidos de la corte y la permanente presencia de servidores alrededor de una reina.

También resulta llamativo que una mujer sometida a vigilancia constante hubiera mantenido supuestamente relaciones clandestinas con numerosos hombres, en residencias reales y durante un periodo relativamente corto, sin que aparecieran pruebas mucho más sólidas.

El único acusado que confesó una relación sexual fue Mark Smeaton.

Los demás negaron los cargos.

La historiografía moderna continúa discutiendo algunos aspectos concretos del proceso y existen autores que han contemplado la posibilidad de que determinadas acusaciones tuvieran alguna base real, pero la visión predominante considera muy débil la evidencia utilizada para condenar a Ana Bolena.

El proceso judicial debe entenderse, además, dentro de la lógica política de la monarquía Tudor. Enrique VIII era el rey y Thomas Cromwell controlaba una formidable maquinaria administrativa. Una vez que la Corona decidió que Ana debía desaparecer, demostrar su inocencia se convirtió prácticamente en una misión imposible.

Amor, adulterio y alta traición

El adulterio de una reina no era únicamente un asunto privado.

La legitimidad de los hijos reales afectaba directamente a la sucesión de la Corona. Si una reina mantenía relaciones con otros hombres, podía introducir dentro de la línea dinástica a un hijo que no perteneciera biológicamente al rey.

Por esa razón, las acusaciones contra Ana fueron presentadas como una amenaza contra el propio orden político.

La acusación llegó todavía más lejos y sostuvo que la reina y sus supuestos amantes habían contemplado la posible muerte de Enrique VIII.

El sexo se había convertido en traición.

Y la traición significaba muerte.

La caída definitiva de Ana Bolena

Ana fue arrestada el 2 de mayo de 1536 y trasladada a la Torre de Londres.

La ironía era extraordinaria: regresaba como prisionera a las mismas dependencias reales de la Torre que habían sido preparadas para ella durante los días de su coronación.

Los cinco hombres acusados de ser sus amantes fueron declarados culpables. George Boleyn, Henry Norris, Francis Weston, William Brereton y Mark Smeaton fueron ejecutados en Tower Hill el 17 de mayo.

Ana había sido juzgada dos días antes.

Fue declarada culpable de adulterio, incesto y alta traición.

El 19 de mayo de 1536 subió al cadalso levantado dentro de la Torre de Londres. Para ejecutarla se había hecho venir a un experto espadachín, un procedimiento más rápido y preciso que la tradicional decapitación inglesa con hacha.

Un solo golpe terminó con su vida.

Tenía poco más de treinta años.

Tan solo once días después de la ejecución de Ana, Enrique VIII contrajo matrimonio con Jane Seymour.

La leyenda negra de Ana Bolena

La muerte no puso fin al proceso contra Ana.

Durante las décadas posteriores continuaron circulando historias destinadas a convertirla en una mujer sexualmente insaciable, deformada, bruja, incestuosa y responsable de haber hechizado al rey. Muchas de esas afirmaciones proceden de escritores hostiles que ni siquiera habían conocido personalmente a Ana.

La propaganda política y religiosa terminó mezclándose con la memoria histórica.

La paradoja es que su hija acabó ocupando el trono.

Cuando Isabel I se convirtió en reina en 1558, la mujer ejecutada como traidora era ya la madre de la soberana de Inglaterra. La rehabilitación oficial de Ana nunca fue completa, pero su figura resultaba imposible de borrar.

Con el paso de los siglos, el personaje continuó transformándose. Para algunos autores fue una ambiciosa calculadora; para otros, una víctima inocente de Enrique VIII y Thomas Cromwell. La novela histórica y posteriormente el cine añadieron amantes secretos, conspiraciones palaciegas y pasiones prohibidas hasta hacer casi imposible distinguir la Ana histórica de la Ana legendaria.

Entonces, ¿quiénes fueron realmente los amantes de Ana Bolena?

Si entendemos la palabra «amante» en sentido estrictamente sexual, la respuesta histórica resulta mucho más limitada de lo que sugiere la leyenda.

Henry Percy probablemente mantuvo con Ana una relación sentimental seria antes de que ella atrajera definitivamente la atención del rey, aunque no existen pruebas de que consumaran aquella relación.

Thomas Wyatt la admiró y probablemente la cortejó, pero tampoco puede demostrarse que fueran amantes.

Enrique VIII sí mantuvo con ella una relación amorosa inequívoca que terminó transformándose en matrimonio.

Mark Smeaton confesó haber mantenido relaciones sexuales con Ana, aunque las circunstancias de aquella confesión plantean enormes dudas.

Henry Norris, Francis Weston y William Brereton fueron acusados de adulterio, pero negaron las imputaciones y no existe una prueba concluyente de que fueran amantes de la reina.

George Boleyn fue acusado de incesto con su hermana, posiblemente el cargo más destructivo de todo el proceso, pero tampoco existe evidencia convincente que permita aceptarlo como un hecho histórico.

Por eso la verdadera historia de los amantes de Ana Bolena no es solamente una historia de pasión.

Es una historia sobre el poder.

En la corte de Enrique VIII, una mirada podía convertirse en rumor, una conversación galante podía transformarse en adulterio y una antigua amistad podía terminar presentada como alta traición. Ana Bolena había aprendido a utilizar con extraordinaria habilidad las reglas del amor cortesano durante su ascenso, pero cuando dejó de ser necesaria para el rey aquellas mismas reglas fueron reinterpretadas en su contra.

En apenas unos meses, la mujer por la que Enrique VIII había desafiado al papa, transformado su matrimonio y alterado el equilibrio religioso de Inglaterra pasó de reina a prisionera y de esposa amada a supuesta traidora.

Cinco hombres murieron acusados de haberla amado.

Ana murió acusada de haberlos aceptado.

Casi quinientos años después, seguimos sin poder demostrar que aquellos amantes existieran realmente.

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