El llamado Libro tibetano de los muertos, cuyo título tradicional es Bardo Thödol, es una de las obras religiosas más influyentes, comentadas y malinterpretadas de todo el ámbito cultural asiático. Su fama en Occidente es relativamente reciente, pero su raíz se hunde en una tradición milenaria de prácticas rituales, simbolismo metafísico y meditaciones sobre la muerte que forman parte inseparable de la identidad espiritual del Tíbet. No se trata de un libro concebido para entretener, ni de un manual exotérico repleto de supersticiones. Es, ante todo, un texto litúrgico que recoge la visión tibetana del viaje del alma a través de los estados intermedios que separan la vida de la muerte, y la conciencia ordinaria de la iluminación.
Para comprenderlo con rigor es necesario dejar a un lado las lecturas simplistas que durante décadas ha difundido una parte del público occidental. Tampoco basta con considerarlo únicamente como literatura religiosa: el Bardo Thödol resume una forma de entender el mundo, la mente, el destino y la trascendencia. En él confluyen las antiguas doctrinas budistas de la India, la tradición chamánica del Tíbet prebudista y los siglos de desarrollo intelectual de la escuela Nyingma, la más antigua del budismo tibetano.
Este post ofrece una visión integral de su historia, su origen doctrinal, su función ritual, las interpretaciones fundamentales, los mitos que lo rodean y el papel que ocupa hoy en la cultura tibetana y mundial. Es un estudio extenso, directo y sin artificios, respetuoso con la tradición y asentado en la perspectiva histórica.
El origen del Bardo Thödol: entre la India budista y el Tíbet ancestral
La palabra bardo significa “estado intermedio”. Para la doctrina tibetana, la existencia se divide en tramos o transiciones donde la conciencia se enfrenta a sus propias ilusiones, miedos, apegos y posibilidades de liberación. El Bardo Thödol, literalmente “liberación mediante la escucha en el estado intermedio”, pretende guiar al fallecido —o a un moribundo consciente— a través de estas transiciones para alcanzar la iluminación o, al menos, una reencarnación más favorable.
Su filiación se rastrea hasta Padmasambhava, el maestro budista indio del siglo VIII que introdujo las enseñanzas tántricas en el Tíbet. La tradición sostiene que Padmasambhava, fundador espiritual de la escuela Nyingma, compuso muchas enseñanzas que quedaron ocultas en forma de termas —textos escondidos, enterrados o sellados en cuevas y templos— con la intención de que fueran revelados cuando el Tíbet estuviera preparado para comprenderlas. En este marco se sitúa el origen del Bardo Thödol.
La obra fue “descubierta” en el siglo XIV por el maestro Karma Lingpa, considerado un terton o revelador de tesoros espirituales. Según la tradición, él recibió la tarea de despertar estos textos ocultos, preservados durante siglos para un momento histórico de especial necesidad. Así nació el Bardo Thödol como libro accesible a la comunidad religiosa y posteriormente al mundo exterior.
Desde la perspectiva estrictamente histórica, resulta imposible verificar la autoría exacta o la literalidad del relato de los termas. Sin embargo, el contexto doctrinal, lingüístico y litúrgico revela que los textos del Bardo Thödol son coherentes con la evolución del budismo tibetano entre los siglos VIII y XIV. Su profundidad filosófica y su estructura simbólica confirman una elaboración prolongada, fruto de varias generaciones de linaje espiritual.
La función del Bardo Thödol: guía espiritual y rito de paso
El Libro tibetano de los muertos no está concebido como lectura privada, sino como una guía que un lama o monje instruido recita al oído del fallecido o del moribundo. Su eficacia, según la tradición, no reside en la lectura intelectual, sino en el impacto espiritual que las palabras tienen sobre la conciencia en tránsito.
La función del Bardo Thödol se divide en tres grandes etapas:
- El Chikhai Bardo: el momento de la muerte.
Describe la disolución de los elementos físicos, sensoriales y mentales del individuo. Según la tradición, en este instante aparece la Luz Clara: la verdadera naturaleza de la mente. Si el moribundo la reconoce, alcanza la iluminación inmediata. - El Chönyid Bardo: la experiencia de las visiones.
Tras la muerte, la conciencia contempla una serie de deidades pacíficas y coléricas, símbolos de su propio interior. Estas visiones no son entes externos, sino proyecciones puras de la mente. Reconocerlas como tales supone avanzar hacia la liberación. - El Sidpa Bardo: el camino hacia el renacimiento.
Si el fallecido no logra la liberación en los estados anteriores, experimenta imágenes y fuerzas que lo conducen a una nueva existencia. Aquí se manifiestan deseos, miedos y apegos que configuran la reencarnación futura.
Todo el proceso está orientado a un objetivo tradicional y austero: la ruptura del ciclo del samsara, la rueda de nacimientos y muertes. El Bardo Thödol se entiende como un auxilio que recuerda al moribundo aquello que la conciencia, debilitada y agitada, no puede recordar por sí sola.
Este carácter ritual distingue al Libro tibetano de los muertos de los textos funerarios de otras culturas. No pretende describir un lugar geográfico ni un juicio de almas semejante al de Egipto o al de las tradiciones mediterráneas. Su propósito es pedagógico: orientar al espíritu hacia la lucidez.
La arquitectura filosófica del Bardo Thödol
El Libro tibetano de los muertos no es un relato lineal. Exige una comprensión profunda del budismo tántrico, especialmente del Dzogchen, la tradición de realización directa de la naturaleza primordial de la mente. Para apreciarlo en su integridad es preciso considerar ciertos pilares doctrinales:
1. La Luz Clara
La idea central es que la verdadera naturaleza de la mente es luminosa, pura y sin forma. La muerte rompe los velos que ocultan esa realidad. Por ello, el instante de la disolución es también una oportunidad suprema. La tradición subraya que lo que llamamos “yo” no posee una existencia permanente; al morir, lo ilusorio cae, permitiendo que la conciencia contemple su esencia.
2. Las deidades pacíficas y coléricas
Son símbolos internos, expresiones de impulsos, emociones y tendencias acumuladas durante innumerables vidas. Representan lo que el practicante no ha comprendido o integrado. El Bardo Thödol no describe un panteón sobrenatural al estilo occidental; explica un proceso psicológico profundo revestido de imágenes tradicionales.
3. El apego como causa del renacimiento
El texto insiste en que los apegos —al cuerpo, a las emociones, a deseos y temores— arrastran al alma hacia una nueva vida. La liberación requiere no sucumbir ante dichas fuerzas.
4. La importancia del linaje espiritual
El practicante tibetano, incluso en el momento de la muerte, se acoge a la guía de su maestro. Para la mentalidad tradicional, el vínculo espiritual supera incluso la muerte física.
Historia y transmisión del texto a lo largo de los siglos
La historia del Bardo Thödol está marcada por su condición de terma. Tras su descubrimiento por Karma Lingpa en el siglo XIV, los textos fueron copiados y difundidos dentro de la escuela Nyingma. Durante siglos se mantuvieron como doctrina reservada a iniciados y como herramienta litúrgica para los rituales funerarios.
A partir del siglo XVII, con la consolidación de los grandes monasterios tibetanos y la estandarización de muchos rituales, el Bardo Thödol se integró de manera más estable en la cultura religiosa del país. No obstante, su conocimiento seguía siendo limitado. Solo los lamas instruidos y ciertos linajes familiares dedicados a prácticas rituales lo utilizaban de forma habitual.
La llegada del mundo occidental cambió esta situación de manera radical.
La irrupción de Occidente: interpretaciones erróneas y fascinación moderna
El Libro tibetano de los muertos llegó al público occidental a principios del siglo XX gracias a la traducción de Walter Evans-Wentz, un investigador anglosajón atraído por las religiones orientales. Aunque su aportación fue decisiva para difundir la obra, su interpretación estuvo condicionada por creencias ajenas al budismo tibetano, especialmente por el pensamiento teosófico. Esto provocó dos efectos simultáneos: una amplia difusión del texto y una profunda deformación de su significado original.
Muchos lectores occidentales interpretaron el Bardo Thödol como una especie de “manual del más allá”, cargado de exotismo, superstición y visiones fantásticas. La profundidad doctrinal del Dzogchen se perdió entre interpretaciones imaginativas que poco tenían que ver con la tradición tibetana.
En los años sesenta, el auge de los movimientos contraculturales y psicodélicos reinterpretó el texto desde una perspectiva completamente ajena a la tradición. Algunos autores relacionaron las visiones del bardo con los estados de conciencia alterados por drogas, lo que contribuyó a desnaturalizar aún más la obra.
A pesar de ello, el interés que despertó ayudó a que estudios académicos más rigorosos se publicaran posteriormente. A finales del siglo XX, traductores y eruditos tibetanos ofrecieron versiones más fieles y explicaron el contexto doctrinal con precisión, restaurando parcialmente el sentido original del Bardo Thödol.
Mitos, malentendidos y realidades del Libro tibetano de los muertos
- No es un libro de magia.
El Bardo Thödol no describe fuerzas sobrenaturales que actúen sobre el muerto, sino procesos internos de la mente en tránsito. - No es un mapa del infierno ni del más allá.
Las visiones no son lugares; son proyecciones mentales que deben reconocerse como tales. - No es una obra aislada.
Forma parte de un corpus doctrinal mucho más amplio. No se entiende sin el marco del budismo tántrico tibetano. - No es un texto para curiosos.
En la tradición, solo se recita con propósito litúrgico: acompañar al alma en su viaje. - No fue escrito con intención esotérica.
Su “misterio” proviene del desconocimiento cultural occidental, no de una voluntad de ocultar secretos. - No describe reencarnaciones automáticas.
Explica un proceso condicionado por la conciencia y los actos acumulados, no un mecanismo cerrado.
El papel del Bardo Thödol en la sociedad tibetana actual
En el Tíbet y en las comunidades tibetanas en el exilio, el Libro tibetano de los muertos mantiene su lugar central en los rituales funerarios. Aunque su fama internacional ha crecido de manera extraordinaria, en su tierra de origen se sigue interpretando con el respeto tradicional de un texto sagrado.
El lama encargado de la ceremonia acompaña al difunto durante varios días, recitando las instrucciones para que la conciencia reconozca la Luz Clara, identifique sus ilusiones y evite caer en los apegos que conducen al renacimiento. Cada familia, según su linaje y tradición regional, conserva variantes rituales transmitidas durante siglos.
El Bardo Thödol es también un recordatorio constante de la impermanencia. Los tibetanos consideran que meditar sobre la muerte no es morboso, sino sabio: prepara la mente para el momento decisivo en el que toda máscara cae y solo queda la esencia.
El valor filosófico del Libro tibetano de los muertos
Una lectura tradicional —apegada al origen doctrinal— revela que el Bardo Thödol no se ocupa solo del muerto. También interpela a los vivos. Su enseñanza fundamental es que la conciencia crea su propia realidad, tanto en vida como en la muerte. La libertad interior solo se alcanza a través del conocimiento profundo de la mente.
Para el pensamiento tibetano, vivir bien significa prepararse para morir bien. Quien posee una mente disciplinada, consciente de la impermanencia, y alejada de los apegos, tendrá mayores posibilidades de reconocer la Luz Clara tras la muerte. La liberación no es un premio externo, sino una conquista interior.
Este enfoque rompe con la visión occidental que durante siglos entendió la muerte como castigo o final definitivo. El Bardo Thödol la presenta como transición natural, como un paso que exige lucidez y serenidad.
Una obra que perdura
Hoy, el Libro tibetano de los muertos sigue siendo objeto de estudio, inspiración y reflexión. Para los tibetanos, es una guía sagrada. Para los estudiosos, una ventana a una tradición espiritual milenaria. Y para muchas personas de fuera del budismo, una fuente de preguntas profundas sobre la naturaleza de la conciencia y el destino humano.
En un mundo acelerado, donde la muerte es a menudo escondida y evitada, el Bardo Thödol propone una enseñanza sobria, antigua y profundamente humana: conocer la mente es conocer el camino. Y quien conoce el camino no teme el tránsito que aguarda a todos.


