El fenómeno de los bagaudas constituye una de las páginas más turbias y fascinantes de la agonía del Imperio romano de Occidente. Bajo este nombre se ocultaba un movimiento de rebeldes, campesinos y soldados desertores que, entre el siglo III y el V, se levantaron en armas contra las estructuras del poder imperial, los grandes terratenientes y hasta la Iglesia, convertida ya en un actor político de primer orden. Para muchos contemporáneos fueron bandidos, salteadores, hombres sin patria; pero a la luz de los hechos, también encarnaron la desesperación social de un imperio que se desangraba en crisis sucesivas.
El auge de los bagaudas coincide con el período de mayor presión de las invasiones germánicas del siglo V, cuando las fronteras occidentales del Imperio eran asediadas por pueblos enteros en movimiento. En ese mismo marco de colapso, las revueltas bagaudas se extendieron desde la Galia hasta la Tarraconense y los territorios vascones, azotando con virulencia las regiones más castigadas por la crisis económica y la descomposición del orden romano.
La primera noticia escrita sobre estas insurrecciones data del año 284, en la Galia. En aquel entonces Roma se hallaba debilitada por guerras civiles, usurpaciones militares y una presión fiscal insoportable que recaía sobre campesinos y colonos. Fue el caldo de cultivo perfecto para que surgieran bandas armadas de hombres y mujeres que ya nada tenían que perder. Los cronistas imperiales, naturalmente hostiles, los tacharon de bandidos y saqueadores. Sin embargo, su persistencia y organización demuestran que se trataba de algo más profundo: una verdadera revuelta social contra un sistema que había convertido a los pequeños propietarios en siervos y a los soldados en carne de cañón olvidada por el poder central.
En Hispania, el movimiento alcanzó su mayor virulencia en el alto y medio valle del Ebro, entre los años 441 y 451. La chispa fue la lucha de soldados empobrecidos y campesinos contra los grandes terratenientes, muchos de ellos ligados al episcopado urbano. Las fuentes mencionan episodios de gran violencia: la muerte del obispo de Tarazona, la ocupación de Zaragoza y el saqueo de Lérida con el apoyo de los suevos. Durante algunos años, los bagaudas se convirtieron en una amenaza real para la estructura provincial romana, obligando a la aristocracia y al ejército imperial a pactar con pueblos germánicos para reprimirlos. Finalmente, en el año 454, Federico, hermano del rey visigodo Teodorico II, aliado de los romanos, logró derrotarlos. No obstante, su espíritu de rebeldía no desapareció: la crisis social que representaban se prolongó, de distintas formas, hasta bien entrado el siglo VIII.
Los testimonios de los contemporáneos revelan la fuerza simbólica del movimiento. Salviano de Marsella resumió con crudeza la lógica de quienes se unieron a las revueltas:
“Prefirieron vivir libremente con el nombre de esclavos, que ser esclavos manteniendo sólo el nombre de libres.”
Algunos autores posteriores interpretaron a los bagaudas como simples cuadrillas de bandidos. Pero otros, como Rutilio Namaciano, reconocieron el carácter político y social de la insurrección. Tras la derrota de los bagaudas en el año 417 a manos del general Exuperancio, escribió que el vencedor “restituyó las leyes, restauró la libertad y no permitió que los propietarios fueran esclavos de sus propios esclavos”. Una frase que revela hasta qué punto los bagaudas habían invertido el orden social y aterrorizado a la nobleza terrateniente.
El término
La palabra bagauda —o bagaudae en plural— aparece en fuentes latinas, pero guarda relación con voces de origen celta y bretón como bagad, que significa “tropa”. Se usó para designar a los integrantes de estas bandas armadas que durante siglos asolaron Galia e Hispania. Sus filas estaban formadas por desertores de las legiones, colonos que huían de la opresión fiscal, esclavos fugitivos, forajidos o simples indigentes. Todos ellos compartían un mismo enemigo: el sistema militar romano y la estructura prefeudal que comenzaba a tejerse en torno a los grandes latifundios.
El vocablo, según distintos especialistas, podría tener un doble origen. Para algunos procede de una raíz latina vinculada a “revolucionarios”, mientras que para otros su raíz es céltica y significa “guerreros”. En ambos casos, refleja bien la realidad de estas bandas, que fueron tanto rebeldes como combatientes.
El legado de los bagaudas
Más allá de su derrota militar, el eco de los bagaudas sobrevivió como símbolo de resistencia frente al poder opresivo. No fueron anarquistas en el sentido moderno del término, pero sí encarnaron una revuelta popular, casi proto-campesina, que desafiaba tanto al emperador como a los obispos y terratenientes. Allí donde Roma se mostraba incapaz de dar respuesta a la miseria y a la inseguridad, surgieron los bagaudas como alternativa violenta, caótica y desesperada.
El mundo romano, ya en ruinas, los contemplaba como enemigos del orden. Pero quizás, desde la perspectiva de quienes padecían el hambre y la servidumbre, los bagaudas no fueron bandidos, sino hombres libres que eligieron morir luchando antes que vivir de rodillas.

