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Cuando el reino de Nápoles era español

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Virreinato aragonés y español (1503-1707)

Fernando II

Las tropas españolas que ocupaban Calabria y Apulia, capitaneadas por Gonzalo Fernández de Córdoba y fieles a Fernando el Católico, no respetaron los nuevos acuerdos y expulsaron del Mezzogiorno a los franceses, a los cuales quedó solamente Gaeta hasta su definitiva derrota en la batalla del Garellano. Los tratados de paz que siguieron no fueron nunca definitivos, sino que establecieron al menos que, el título de rey de Nápoles, esperase a Carlos I de España y su futura mujer Claudia. Fernando, sin embargo, quería poseer el reino, considerándose heredero legítimo de su tío Alfonso I de las Dos Sicilias y del antiguo Reino de las Dos Sicilias (Regnum Utriusque Siciliae).​

La casa real aragonesa convertida en italiana se había extinguido con Federico y Nápoles cayó bajo el control de la Monarquía Hispánica, que instituyó un virreinato. El sur de Italia quedaría como posesión de los soberanos españoles en los siguientes 210 años, hasta el fin de la guerra de Sucesión Española (1713). La nueva estructura administrativa, fuertemente centralizada, se sostenía sobre el antiguo sistema feudal: los barones encontraron así el modo de reforzar su propia autoridad y privilegios, mientras el clero vio acrecentar su poder político y moral. Los órganos administrativos más importantes tenían sede en Nápoles y eran: el Consejo Colateral, similar al Consejo de Aragón, el órgano supremo en el ejercicio de las funciones jurídicas (compuesto por el virrey y tres jurisconsultos); el Tribunal de la Vicaría y el Tribunal del Sacro Regio Consejo.

Fernando el Católico, poseedor de los títulos de rey de Nápoles y rey de Sicilia, nombró a quien había sido hasta entonces gran capitán del ejército napolitano, Fernández de Córdoba, virrey, otorgándole los poderes del rey. Al mismo tiempo, Fernández de Córdoba dejó el título de gran capitán y el mando de las tropas reales de Nápoles se confió al conde de Tagliacozzo, Fabrizio Colonna, con el título de gran condestable y el encargo de conducir una expedición en Apulia contra la República de Venecia, que ocupaba algunos puertos adriáticos. La operación militar terminó con éxito y los puertos pulleses retornaron en 1509 al reino de Nápoles. El rey Fernando también restableció el financiamiento a la Universidad de Nápoles, disponiendo una contribución mensual de su tesoro personal de dos mil ducados al año, privilegio confirmado después por su sucesor Carlos III de Nápoles.

Sucedieron a Córdoba primero Juan de Aragón, que promulgó una serie de leyes contra la corrupción, combatió el clientelismo, prohibió el juego de azar y la usura, y después Raimundo de Cardona, que en 1510 introdujo la Inquisición en Nápoles y las primeras medidas restrictivas contra los judíos.

Carlos I de España, Carlos III de Nápoles

​Carlos I de España o Carlos III de Nápoles, hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, por un complicado sistema de herencia y parentesco, se encontró gobernando pronto un vastísimo imperio: del padre obtuvo Borgoña y el Flandes, de la madre en 1516 Castilla, Aragón, los primeros establecimientos en América, el Reino de Nápoles (por primera vez con el título de Rex Neapolis), Sicilia y Cerdeña y además, dos años después, el Sacro Imperio Romano Germánico de su abuelo Maximiliano, como Carlos V de Habsburgo.​

El reino de Francia, una vez más, vino a amenazar Nápoles y el dominio del emperador Carlos sobre el Mezzogiorno: los franceses, después de haber conquistado el Ducado de Milán al hijo de Ludovico el Moro, Maximiliano, fueron derrotados y expulsados de Lombardía por Carlos V tras las batallas de Bicoca y Pavía. El rey Francisco I de Francia en 1526 entró entonces en una liga, bendecida por el papa Clemente VII, llamada liga santa, con Venecia y Florencia, para expulsar a los españoles de Nápoles. Después de una primera derrota de la liga en Roma, los franceses respondieron con la intervención en Italia de Odet de Foix, que llegó a Nápoles asediando la ciudad, mientras la Serenísima República de Venecia ocupaba Otranto y Manfredonia. Cuando la flota genovesa, aliada de los franceses, se pasó al lado de Carlos V, el asedio de Nápoles se trasmutó en la enésima derrota de los enemigos de España, que llevó entonces al reconocimiento por parte de Clemente VII del título imperial del rey Carlos I de España. Venecia perdió definitivamente sus posesiones en Apulia (1528). Las hostilidades de Francia contra la dominación española en Italia sin embargo no cesaron: Enrique II de Francia, hijo de Francisco I de Francia, solicitado por Ferrante Sanseverino, príncipe de Salerno, se alió con el Imperio Otomano; en el verano de 1552 la flota turca al mando de Sinan Pascià sorprendió a la flota imperial, mandada por Andrea Doria y Juan de Mendoza, en el largo di Ponza, derrotándola.

La flota francesa sin embargo no logró alcanzar con la turca el objetivo de invadir el reino napolitano. En 1555, luego de una serie de derrotas en Europa, Carlos abdicó y dividió sus dominios entre Felipe II, a quien dejó España, las colonias de América, los Países Bajos Españoles, el Reino de Nápoles, el Reino de Sicilia y el Reino de Cerdeña, y Fernando I de Austria a quien dejó Austria, Bohemia, Hungría y el título de emperador.

Felipe II

En 1556, Felipe II crea el Consejo de Italia, integrando a Nápoles y al Reino de Sicilia (a los que posteriormente se sumaría el Estado de Milán), que hasta ese momento se encontraban en el Consejo Supremo de la Corona de Aragón.

En 1557, durante el gobierno de Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Guzmán, se establecen los Presidios de Toscana, que quedan adscritos al reino.31​

El 16 de julio de 1599 llegó a Nápoles el nuevo virrey Fernando Ruiz de Castro. Su obra se limitó principalmente a operaciones militares contra las incursiones turcas en Calabria de Amurat Rais y Sinan Pascià.

En el mismo año de su nombramiento como virrey, el dominico Tommaso Campanella, que en La ciudad del Sol delineaba un estado comunitario basado sobre una presunta religión natural, organizó una conjura contra Fernando Ruiz de Castro con la esperanza de instaurar una república con capital en Stilo (Mons Pinguis). El filósofo y astrólogo calabrés ya había estado prisionero del Santo Oficio y confinado en Calabria: aquí con el sostén doctrinal y filosófico de la tradición escatológica Joaquina volvió a los primeros pasos para persuadir a monjes y religiosos a adherirse a sus ambiciones revolucionarias, fomentando una conjura que casi consigue sacudir no solo la orden dominica de Calabria entera, sino también las órdenes menores locales como Agustinos y Franciscanos, y a las principales diócesis de Cassano a Regio de Calabria. Fue la primera revuelta en Europa en declararse contra la orden de los jesuitas y su creciente autoridad espiritual y secular. La conjura fue reducida y Campanella se hizo pasar por loco. Pocos años antes (1576) en Nápoles fue procesado por herejía también otro dominico, el filósofo Giordano Bruno, cuyas especulaciones y tesis fueron admiradas sucesivamente por diversos estudiosos de la Europa luterana.32​

Ruiz de Castro inauguró además una política centrada en la financiación estatal para la construcción de diversas obras públicas: en Nápoles dispuso la construcción del nuevo palacio real en la actual Plaza del Plebiscito. El mandato de Pedro Téllez-Girón y de la Cueva se caracterizó principalmente por obras urbanísticas: construyó y sistematizó la viabilidad de la capital y de las provincias pullesas. Lo sucedió Juan de Zúñiga Avellaneda y Bazán, cuyo gobierno se orientó a recuperar el orden en las provincias: reprimió el bandidaje en los Abruzos con el apoyo de los Estados Pontificios y en Capitanata; modernizó la vialidad entre Nápoles y la Terra di Bari. En 1593 su ejército venció a los otomanos que intentaron invadir Sicilia.

Felipe III

Cuando Felipe III sucedió en el trono a su padre Felipe II de España, la administración del Virreinato de Nápoles estaba confiada a Enrique de Guzmán, conde de Olivares. El Reino de España estaba en su máximo esplendor, uniendo la Corona de Aragón y sus dominios italianos, a la Corona de Castilla y el Reino de Portugal. En Nápoles el gobierno español fue poco activo en los trabajos urbanísticos de la capital: Guzmán promovió la construcción de la Fuente de Neptuno, un monumento a Carlos I de Anjou y el ordenamiento de la vialidad.​

Otro gobierno que actuó activamente con una discreta actividad política y económica en el reino de Nápoles fue el del virrey Juan Alonso Pimentel de Herrera. El nuevo virrey debió defender los territorios del Mezzogiorno de las incursiones navales turcas y apaciguar las primeras revueltas contra la fiscalidad, que en la capital comenzaban a amenazar el palacio. Para prevenir las agresiones otomanas condujo una guerra contra Albania, destruyendo Durazzo, donde buscaban asilo los piratas turcos y albaneses que agredían las costas del reino. En Nápoles intentó combatir la delincuencia, en aquellos años cada vez más crecida, también contra las disposiciones pontificias, oponiéndose al derecho de asilo que garantizaban los edificios de culto católico: por ello algunos de sus funcionarios fueron excomulgados.

A Pimentel siguió en 1610 Pedro Fernández de Castro, quien intervino principalmente en la ciudad de Nápoles, descuidando el interior. Ordenó la reconstrucción de la universidad, financiando un nuevo edificio y modernizando el sistema de enseñanza y de las cátedras. Floreció bajo su regencia la Academia de los Ociosos, a la cual adhirieron entre otros Marino y Della Porta. Construyó el colegio de los jesuitas llamado San Francisco Saverio y un complejo de fábricas en la porta Nolana. En Terra di Lavoro inició las primeras obras de saneamiento de la llanura del Volturno, confiando a Domenico Fontana el proyecto de los Regi Lagni.

Felipe IV

Después de la muerte de Felipe III de España, le sucedió su hijo Felipe IV de España como rey y Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont y Fernando Afán de Ribera y Enríquez como virreyes de Nápoles. Debieron afrontar el problema de un bandidaje en las provincias cada vez más difundido y radicado. Les siguió Manuel de Acevedo y Zúñiga, que financió las fortificaciones de los puertos de Barletta, Baia y Gaeta, con un gobierno fuertemente empeñado en el apoyo económico al ejército y a la armada. El fuerte empobrecimiento del tesoro estatal llevó, bajo la administración de Ramiro Núñez de Guzmán, a devolver los dominios reales al poder de los barones y al consecuente aumento de los poderes feudales. Durante el virreinato de Rodrigo Ponce de León, estalló la revuelta popular liderada por Masaniello, que vio la creación de una breve República Napolitana que duró solo unos meses (1647).

Carlos VI (II de España)

Bajo su reinado se recuerdan los virreinados de Fernando Fajardo y Álvarez de Toledo y de Francisco de Benavides, con políticas empeñadas en contener problemas ya endémicos como el bandidaje, clientelismo, inflación y hambre.

Ya desde 1693 en Nápoles, como en el resto de los dominios españoles, se empezó a discutir la suerte del reino de Carlos II de España (VI de Nápoles) el cual dejaba los Estados de su corona sin herederos directos. En esta ocasión, en el Mezzogiorno comenzó a emerger una conciencia civil políticamente organizada, transversalmente compuesta tanto de los aristócratas como de los pequeños comerciantes y artesanos ciudadanos, declarada contra los privilegios y las inmunidades fiscales del clero (la relativa corriente jurídica es conocida a los historiadores como anticlericalismo napolitano) y deseosa de afrontar el bandolerismo. Esta especie de partido, a la muerte de Carlos VI, en 1700, se opuso al testamento del soberano español que designaba heredero de las coronas española y napolitana a Felipe V de Borbón, duque de Anjou, sosteniendo en cambió la pretensión de Leopoldo I de Habsburgo, del cual era legítimo heredero el futuro emperador de Austria, el archiduque Carlos. Tal posición política llevó al partido germanófilo napolitano a un explícito papel hispanófobo, seguido por la revuelta conocida como conjura de Macchia, luego fallida. Después de la crisis política, el gobierno español intentó con la represión restituir el orden en el reino, mientras la crisis financiera era cada vez más desastrosa. En 1702 quebró el Banco de la Anunciada; en estos años Felipe V de España, de viaje en Nápoles, en 1701 condonó las deudas de las universidades. Los últimos virreyes por cuenta de España fueron Luis Francisco de la Cerda, empeñado en reprimir el bandolerismo y el contrabando, y Juan Manuel Fernández Pacheco, cuyo mandato de gobierno fue impedido por la guerra y consecuente ocupación austriaca de 1706, siendo la última ciudad en rendirse Gaeta.

Situación en Apulia y Calabria

Desde el siglo XVI la estabilización de los confines adriáticos, después de la batalla de Lepanto (1571) y el fin de las amenazas turcas sobre las costas italianas, llevaron, salvo raras excepciones, a un periodo de relativa tranquilidad en Italia meridional, durante el cual barones y feudatarios pudieron disfrutar los antiguos derechos señoriales para consolidar privilegios económicos y productivos.

Entre el siglo XVI y el siglo XVII surgió en Apulia y en Calabria aquella economía cerrada y provincial que caracterizó a las regiones hasta la unificación de Italia: la agricultura por primera vez deviene de subsistencia; los únicos productos destinados a la exportación eran aceite y seda, cuyos tiempos de producción estables, cíclicos y repetitivos no podían escapar al control de la aristocracia feudal. Así entre Terra di Bari y Terra d’Otranto la producción olearia incrementó un relativo bienestar, testimoniado por el capilar sistema de fincas rurales y, en las ciudades, por el reflorecer de las obras urbanísticas y arquitectónicas (Barroco leccese). Después de la pérdida de los dominios de la Serenísima República de Venecia en el Mediterráneo, los puertos de Brindisi y Otranto quedaron como un precioso mercado de Venecia para el aprovisionamiento de los productos agroalimentarios.36​ Muy similar era la condición de Calabria, cuyas provincias, privadas de salidas comerciales y de puertos competitivos, vieron un desarrollo parcial en la sola zona de Cosenza.

En torno a las clases más pudientes floreció un particular tipo de humanismo, fuertemente conservador, caracterizado por el culto de la tradición clásica latina, de la retórica y del derecho. Ya antes del nacimiento de los seminarios, sacerdotes y aristócratas laicos subvencionaban centros de cultura que constituyeron, en Apulia y Calabria, la única forma de modernización civil que las innovaciones administrativas y burocráticas de la Casa de Aragón demandaban, mientras la economía y el territorio quedaban excluidos de los cambios producidos en el resto de Europa.

Desde el siglo XV desaparecían los últimos rastros de la tradición religiosa griega: en 1467 la diócesis de Hieracium abandonaba el uso del rito bizantino en la liturgia en favor del rito latino, en 1571 la diócesis de Rossano, en 1580 la arquidiócesis de Regio de Calabria, en 1586 la arquidiócesis de Siponto y poco después la de Otranto. La latinización eclesiástica del territorio iniciada con los normandos, continuada con los angevinos, se completó en el siglo xvii, paralelamente a la fuerte concentración de poder en manos de la aristocracia feudal, entre Regio y Cosenza.37​ En estos años Tommaso Campanella sacudió tales diócesis, con el sostén de especulaciones astrológicas y filosóficas orientales, en la revuelta contra la dominación española de Italia y la Compañía de Jesús.

Fin del dominio español e inicio del dominio austríaco

El Tratado de Utrecht, de 1713, puso fin a la guerra de sucesión española: según los acuerdos firmados, el reino de Nápoles quedaba bajo el control de Carlos VI del Sacro Imperio Romano Germánico con Cerdeña; Sicilia, en cambio, pasaba a la Casa de Saboya, restableciendo la identidad territorial de la corona del Rex Siciliae, con la condición de que, una vez extinta la descendencia masculina de los Saboya, la isla y el título real anexo serían devueltos a la corona española. Con la paz de Rastadt, un año después también Luis XIV de Francia reconoció los dominios austriacos en Italia. En 1718 Felipe V de España intentó restablecer su dominio en Nápoles y Sicilia con el sostén de su primer ministro Giulio Alberoni: contra España intervinieron sin embargo directamente Gran Bretaña, Francia, Austria y Holanda, que derrotaron a la flota de Felipe V en la batalla del cabo Passaro. Luego, la Casa de Austria y la Casa de Saboya permutaron las islas de Sicilia y Cerdeña; y Carlos de Borbón fue designado heredero del Ducado de Parma y Piacenza.

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