Junto a las interpretaciones técnicas y utilitarias, existe una línea de investigación más controvertida, pero no por ello desdeñable, que vincula los dodecaedros romanos con tradiciones rituales de raíz celta, asimiladas —o toleradas— en las provincias septentrionales del Imperio. Esta teoría no pretende ofrecer una certeza cerrada, sino explorar indicios dispersos que, considerados en conjunto, apuntan a un uso simbólico y ceremonial deliberadamente oculto.
El contexto celta-romano del norte imperial
Las regiones donde aparecen los dodecaedros coinciden en gran medida con antiguos territorios celtas romanizados: la Galia, Britania y Germania. En estos espacios, Roma impuso administración y ejército, pero permitió durante siglos la pervivencia de cultos locales, especialmente en ámbitos rurales y fronterizos.
La religión celta se caracterizaba por su oralidad, su carácter iniciático y su rechazo a la escritura sistemática de los saberes sagrados. Este rasgo explica por qué ciertos objetos rituales carecen de explicación textual directa y por qué su función podía ser conocida solo por una élite sacerdotal.
Restos orgánicos y la teoría del contenido sacrificial
Algunos estudios de laboratorio —pocos y no siempre concluyentes— han detectado en determinados ejemplares trazas microscópicas de carbono orgánico en el interior de dodecaedros: residuos compatibles con sangre, grasas animales, semillas o compuestos vegetales carbonizados. No se trata de pruebas universales ni definitivas, pero sí de indicios inquietantes.
Desde esta perspectiva, el dodecaedro no sería un objeto vacío, sino un contenedor ritual. La combinación de sangre (vida), semillas (potencial, renacimiento) y materia orgánica respondería a una lógica simbólica bien conocida en religiones antiguas: el sacrificio como activador de un proceso, no como fin en sí mismo.
La “esfera sagrada” en un manuscrito medieval
Uno de los elementos más polémicos de esta teoría procede del análisis de un manuscrito medieval de procedencia monástica, datado de forma amplia entre los siglos IX y XI. El texto, apenas legible en condiciones normales, revela bajo luz ultravioleta una referencia marginal a un objeto denominado sphaera sacra —esfera sagrada— descrito como “poliedro de bronce, perforado, usado por los antiguos para convocar la luz correcta”.
Conviene ser riguroso:
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El manuscrito no nombra explícitamente a los dodecaedros romanos.
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No se conserva ilustración alguna del objeto.
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El pasaje es breve y fragmentario.
Sin embargo, la descripción geométrica y funcional encaja de forma sorprendente con estos artefactos. El uso de tinta que solo se revela bajo ultravioleta refuerza la idea de conocimiento deliberadamente velado, algo coherente con tradiciones iniciáticas heredadas y cristianizadas de forma incompleta.
Manipulación de la luz: más que un símbolo
Una de las claves de la hipótesis celta es la manipulación intencional de la luz. Los orificios de distinto diámetro permitirían que, en determinadas condiciones solares o lumínicas, la luz atravesase el objeto de forma controlada, proyectando haces concretos en el interior o hacia un punto específico.
No se trataría de iluminación práctica, sino de un fenómeno ritual:
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La luz como principio activo.
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La materia orgánica como catalizador.
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El poliedro como dispositivo de ordenación.
Algunos experimentos modernos han demostrado que, al girar el dodecaedro y alinear determinados orificios, se generan patrones de luz cambiantes y altamente precisos. Esto no demuestra una finalidad mística, pero sí una intencionalidad óptica difícil de ignorar.
“Despertar a los durmientes”: rito de prueba e iniciación
La expresión más enigmática asociada a esta teoría es la de “despertar a los durmientes de prueba”. Según esta interpretación, los dodecaedros se empleaban en rituales iniciáticos, posiblemente vinculados a estados alterados de conciencia inducidos por ayuno, sustancias naturales o aislamiento sensorial.
El “durmiente” no sería un muerto, sino un iniciado en estado de tránsito: alguien sometido a una prueba espiritual. La luz filtrada por la esfera sagrada, combinada con restos orgánicos sacrificiales, actuaría como detonante simbólico y psicológico del “despertar”.
Desde una mentalidad tradicional, esto no resulta extraño. Numerosas culturas antiguas concibieron la iniciación como una muerte ritual seguida de renacimiento, y utilizaron dispositivos materiales para marcar ese umbral.
Por qué este conocimiento se perdió
Si esta teoría tiene algún fundamento, resulta comprensible que no haya llegado hasta nosotros de forma clara:
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Era un saber no escrito o escrito de forma críptica.
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Estaba restringido a minorías sacerdotales.
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Fue perseguido o absorbido por la cristianización medieval.
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Carecía de interés práctico para la administración romana tardía.
El resultado es un objeto descontextualizado, convertido en enigma arqueológico.
Valoración crítica
Conviene insistir: esta hipótesis no es aceptada por la arqueología académica como explicación definitiva. Carece de pruebas concluyentes y se apoya en indicios dispersos. Pero tampoco puede despacharse como fantasía sin más. Presenta una coherencia interna, encaja con el contexto geográfico y cultural y explica aspectos —como la complejidad simbólica y la ausencia de textos— que otras teorías no resuelven.
Sobre los celtas
Los dodecaedros romanos, interpretados desde la óptica celta, dejan de ser simples curiosidades geométricas y se convierten en objetos liminales: artefactos situados entre la técnica, el rito y el conocimiento prohibido. Tal vez nunca sepamos con certeza para qué servían. Pero cada nueva hipótesis rigurosa nos acerca menos a una respuesta única y más a una comprensión profunda del mundo antiguo: un mundo donde ciencia, religión y simbolismo no estaban separados, sino entrelazados de forma inseparable.


