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Carlos II, y el final de la Casa de Austria Hispánica

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Desde Carlos I, los Habsburgo hispánicos crearon y expandieron un gran imperio a su imágen y semejanza, pero la endogamia familiar y los intereses y conspiraciones lo hicieron entrar en una profunda decadencia.

Bel reinado de Carlos II, España ya no era la gran potencia de los tiempos de Carlos I y Felipe II. Sin embargo, todavía poseía numerosos dominios en Europa y un imperio americano que abarcaba desde el sur de los actuales Estados Unidos hasta Chile y Argentina.

El último Habsburgo español gobernó con más pena que gloria un país que llevaba años desangrándose por continuas guerras y mala administración. El ejército, que nada tenía que ver con los invencibles tercios de otros tiempos, sufrió repetidos desastres ante la Francia de Luis XIV, que había consolidado la hegemonía gala en Europa tras el Tratado de los Pirineos de 1659. A partir de entonces, cada negociación de paz supuso el reconocimiento de una derrota, la pérdida de un nuevo territorio.

Se realizaron sobre el monarca toda clase de macabros rituales para que engendrara un descendiente

Pero en las estancias más íntimas del palacio real de Madrid se vivía otra guerra, en la que el combatiente era el propio Carlos II, que luchaba contra sí mismo en una situación de desventaja respecto a las circunstancias. Su enfermizo estado y su imposibilidad para engendrar un heredero llevaron a la Inquisición a tolerar que se realizasen sobre el monarca toda clase de macabros rituales que no surtieron ningún efecto.

La práctica habitual de enlaces consanguíneos entre miembros de los Habsburgo, o casa de Austria, fue derivando en una progresiva degeneración familiar, que culminaría en la triste figura de Carlos II. Tras numerosos embarazos y partos frustrados, su madre, Mariana de Austria, sobrina y segunda esposa de Felipe IV, dio a luz a su hijo Carlos en 1661.

Pese a que publicaciones como La Gaceta de Madrid describían al recién nacido como un niño “hermosísimo de facciones, cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes”, Luis XIV de Francia no tardó en recibir un informe secreto que hablaba de la extrema debilidad del príncipe. Entre otros detalles, el documento mencionaba que el niño tenía la cabeza cubierta de costras. Tal vez por esta razón, el futuro rey fue llevado a la pila bautismal totalmente cubierto. El embajador inglés, presente en la ceremonia, escribió que “iba tan tapado de blondas y encajes que solo se le veía un ojo y parte de una ceja”.

Los médicos no esperaban que la criatura viviera mucho tiempo. Desde pequeño, el príncipe padeció numerosas enfermedades, como raquitismo, hemorragias y elevadas fiebres producidas por la aparición de los primeros dientes. A los cinco años todavía andaba con dificultad. Sin embargo, la medicina de la época no tenía demasiados recursos para tratar sus dolencias. Tampoco ayudó a fortalecer su constitución que se cambiara de modo constante a la nodriza que le amamantaba. Su período de lactancia se prolongó hasta pasados los cuatro años, para tortura de las catorce amas de cría.

Aquel niño frágil y cabezón creció entre los mimos de palacio y la constante vigilancia de los médicos. Pronto llamó la atención del pueblo de Madrid, cuyas gentes no dudaron en cantarle con cruel ironía versos tan satíricos como estos: “El Príncipe, al parecer / por lo endeble y patiblando / es hijo de contrabando / pues no se puede tener”.

A los nueve años el futuro Carlos II no sabía leer ni escribir

A los evidentes problemas físicos que padecía se sumaron una serie de limitaciones intelectuales. Si añadimos a ello la pésima educación que le fue administrada, el resultado es que a los nueve años el futuro Carlos II no sabía leer ni escribir.
A la muerte de Felipe IV en 1665, Mariana de Austria asumió la regencia con la ayuda de su hombre de confianza, el jesuita alemán Johan Everard Nithard, un individuo puritano e intransigente que acumuló un inmenso poder, a pesar de que nada sabía de la cultura y las tradiciones hispanas. En la corte, donde se le consideraba un intruso extranjero, tuvo que hacer frente a la enemistad de Juan José de Austria, hijo natural de Felipe IV y de la actriz María la Calderona.

Impulsado por la ambición de poder, Juan José de Austria llevó a cabo una auténtica campaña propagandística contra el religioso, acusándolo de corrupto, incapaz y traidor. Finalmente, acabó por darle un ultimátum inequívoco: si el lunes no salía el padre Nithard por la puerta, iría en persona el martes a echarle por la ventana. El jesuita no tuvo más remedio que abandonar palacio. Se dirigió a Roma, donde el papa le nombró cardenal y tuvo tiempo de escribir sus memorias.

 

El siguiente favorito de la reina madre fue Fernando de Valenzuela, conocido como “el duende de palacio”, porque se movía con la mayor habilidad por los aposentos y demás estancias reales. Este pícaro advenedizo entró en la corte de la mano de su esposa, una de las damas de Mariana de Austria, y pronto se convirtió en su gran confidente.

Sin talla política y con escasos escrúpulos, Valenzuela recurrió a la venta de cargos públicos para sanear las siempre deficitarias arcas reales. Pero cuando en 1675, al cumplir 14 años, Carlos II tomó plena posesión del trono de España, la situación en el país, lejos de mejorar, iba en constante deterioro.

Un año más tarde, la ruina de la hacienda pública obligó al Estado a hacer suspensión de pagos. La nobleza, ante ello, decidió respaldar a Juan José de Austria, que no dudó en destituir a Fernando de Valenzuela y recluirle en una prisión de Consuegra (Toledo), desde donde fue desterrado a Filipinas. Su caída arrastró a la reina madre, Mariana de Austria, obligada a dejar la corte y residir en Toledo.

Carlos II debía contraer matrimonio para asegurar la sucesión a la Corona. Como requisitos básicos en la elección de esposa se apuntaban los intereses de Estado y que la candidata fuera de religión católica. En un período de menor conflictividad en las relaciones con Francia, la elegida fue María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV.

El Rey Sol dio su conformidad, puesto que con ello esperaba consolidar la influencia gala en Madrid. Ella, una joven de 17 años, se sintió aterrorizada al saber que su marido iba a ser un enfermo, carente del más mínimo atractivo. Pero, por más que protestó, nadie tuvo en cuenta su opinión.

El enlace tuvo como escenario el monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, ante la flor y nata de la nobleza europea. Horas después de la ceremonia, el monarca se sintió indispuesto a causa de una tercia (cefalea intermitente) que venía repitiéndose desde hacía varias semanas y de la que fue sanado mediante sangrías.

Los recién casados no lo tenían fácil para comunicarse, porque él no hablaba francés y ella no conocía el castellano, pero todo parece indicar que Carlos se enamoró de su esposa. Lejos de ser un asunto privado, la vida conyugal de los monarcas constituía una cuestión política de primerísima importancia. Al parecer, María Luisa continuó siendo virgen hasta varios meses después de la boda. Pero, a pesar de los esfuerzos posteriores, el ansiado heredero no llegó.

En todas las iglesias del reino se pidió a Dios el nacimiento de un príncipe. Tan insistentes eran las súplicas que la soberana preguntó a una de sus damas, no sin escepticismo: “¿De veras creéis que esto es cuestión de rogativas?”. Ella sabía perfectamente que su prestigio dependía de si daba o no un heredero a la Corona.

En 1689 falleció María Luisa de Orleans, convencida de que la habían envenenado, aunque los médicos de cámara afirmaron que su muerte se debió a una enfermedad que impedía que ningún alimento se detuviera en el estómago. Había llegado a amar a su marido, como reflejan las palabras que le dirigió en su lecho de muerte: “Muchas mujeres podrá tener vuestra Majestad, pero ninguna que le quiera más que yo”.

El afligido Carlos no tuvo tiempo de llorarla: diez días después del fallecimiento, el Consejo de Estado pidió al rey que contrajera un nuevo matrimonio para asegurar la sucesión al trono. En esta ocasión, la elegida fue Mariana de Neoburgo, una princesa supuestamente fértil, ya que su madre había dado a luz a 23 hijos.

Mariana era una alemana robusta y atractiva, pero de carácter caprichoso y dominante. Cuando Carlos no cumplía sus deseos, le asustaba con llantos y pataleos. En casos extremos, incluso amenazaba con negarse a comer o decía que iba a contener la respiración hasta morir. El rey terminaba por ceder a todo con tal de no escuchar sus gritos. En momentos de paz conyugal durmieron juntos, pero el ansiado hijo continuaba sin llegar.

Ante el rumor que atribuía la esterilidad real a un embrujamiento, el monarca fue sometido a toda clase de rituales y exorcismos, llevados a cabo en el mismo altar para que, de ese modo, contaran con la bendición de la Iglesia. Intervinieron en estas sesiones espiritistas, brujos y astrólogos llegados de diferentes rincones del país. Entre algunas de las prácticas que se vio obligado a realizar el rey figuraba la de hacer el amor con el cadáver de una mujer, colocado sobre el altar mayor de una iglesia. A pesar de métodos tan desesperados, Mariana de Neoburgo no pudo lograr el ansiado embarazo.

Una situación crítica

Si la salud física y mental del monarca se iba deteriorando, su reino también presentaba un aspecto preocupante. Las expectativas creadas por la llegada al poder de Juan José de Austria tras la caída de Valenzuela no se justificaron en su breve etapa de gobierno (1677-79). La Paz de Nimega obligó a aceptar la pérdida del Franco Condado y de las plazas que Luis XIV había conquistado en Flandes. A consecuencia de una sucesión de malas cosechas, los precios se dispararon y la crisis económica se agudizó.

Los propósitos reformistas del duque de Medinaceli y del conde de Oropesa en la década de los ochenta toparon con la oposición de la oligarquía aristocrática. Pero las acciones de Oropesa en materia de hacienda tuvieron resultados positivos y se recuperó el equilibrio presupuestario y la estabilidad monetaria. Sin embargo, las malas relaciones del conde con la reina Mariana y la débil voluntad del monarca le retiraron de la escena política. Se inició entonces un período de desgobierno que coincidió con las intrigas internacionales que se desataron en torno a la futura sucesión de Carlos II.

Mientras, los ejércitos españoles eran derrotados en todos y cada uno de los frentes, incluso se produjeron diversas invasiones francesas en territorio catalán (Camprodon, Roses, Girona…) y la propia caída de Barcelona. En 1697, la Paz de Rijswick puso fin a este conflicto. Con gran habilidad, Luis XIV devolvió las plazas conquistadas para congraciarse con Madrid ante la situación que plantearía pronto la falta de heredero a la Corona española.

Un año antes, la reina madre Mariana de Austria había fallecido a consecuencia de un avanzadísimo cáncer de mama que, por pudor, había ocultado a los médicos durante mucho tiempo. Pasados cinco meses, la esposa del rey tuvo que ser atendida, aquejada de una pertinaz fiebre que arrastraba desde hacía dos semanas, siendo curada con quinina traída expresamente del Nuevo Mundo. También en aquella ocasión se pensó en Francia que había sido envenenada.

Mariana de Neoburgo, una mujer ávida de dinero y ambiciosa, se hizo rápidamente impopular. Convencida ya de que no iba a tener descendencia, empezó a utilizar su influencia para decidir la elección de sucesor. Pero Carlos II no se doblegó en este asunto a las presiones de su esposa.

El rey nombró como tal al príncipe José Fernando de Baviera, pariente directo de Mariana de Austria. Pero el posible sucesor murió al poco tiempo. Surgieron entonces dos nuevos candidatos: el archiduque Carlos de Austria y Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. La reina prefería al archiduque, pero el monarca pensaba que solo el apoyo de Francia, cuyas tropas se hallaban en la misma frontera española, podía garantizar la conservación de la monarquía en toda su integridad.

Un mes antes de su muerte, Carlos II hizo escribir en su testamento el nombre de Felipe de Anjou como heredero. La única preocupación de “el Hechizado”, además de morir en paz con Dios, era mantener la unidad de su monarquía a cualquier precio. Pero las potencias europeas, como Inglaterra y Austria, temían que Felipe llegara a ser rey de España y de Francia al mismo tiempo, dado que derechos dinásticos no le faltaban.

Mientras tanto, el estado del soberano era cada vez más preocupante. En 1699 se intentó otra vez curarle a través de exorcismos, pero todo fue en vano. El último Habsburgo español cerró para siempre los ojos el 1 de noviembre de 1700, a la edad de 39 años.

La posterior autopsia reflejó el precario estado físico de Carlos II. El informe médico forense decía lo siguiente: “No tenía el cadáver ni una gota de sangre, el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua…”.

De un modo tan triste y siniestro se ponía fin a la casa de Austria. A partir de aquel momento, la sucesión a la Corona española iba a dirimirse en un conflicto bélico que enfrentaría hasta 1715 a dos dinastías: Habsburgos y Borbones. Con el triunfo final de las tropas borbónicas, la figura del nuevo rey Felipe V (Felipe de Anjou) protagonizaría entre grandes controversias la primera mitad del siglo XVIII español.

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